Vergüenza y humillación

La vergüenza y la humillación son emociones sociales dolorosas que afectan a la autoestima, aunque tienen distinto origen. La vergüenza nace de una percepción negativa sobre uno mismo y provoca bloqueo y deseo de ocultarse. La humillación surge por un ataque externo a la dignidad, generando rabia e impotencia. Cuando no puede expresarse, esa rabia se interioriza y acaba transformándose en vergüenza. Trabajar estas emociones en terapia es clave para recuperar autoestima y bienestar.

Tanto la humillación como la vergüenza son emociones sociales que implican sentirse inferior; ambas son sentimientos dolorosos que afectan profundamente a la autoestima, pero el origen  y  las manifestaciones somáticas son distintas. La humillación nos puede llevar a la vergüenza.

La vergüenza suele estar ligada a vivencias  tempranas cuando las necesidades emocionales del niño no son satisfechas, activando la creencia de que hay algo intrínsecamente malo en él.  El foco es interno, está puesto en la propia identidad. Es una evaluación negativa propia, es el dolor de no estar a la altura de lo que  esperas de ti mismo.

La humillación es un ataque a la dignidad de una persona realizado por alguien que tiene una posición de poder sobre ella. La humillación es una herida impuesta desde fuera. El foco es externo, requiere de un agresor, está puesto en el trato recibido.

En la vergüenza el impulso natural es la ocultación. El deseo de desaparecer o de que los demás no vean mi defecto. El sistema nervioso que se activa es el parasimpático dorsal. El cuerpo entra en estado de bloqueo, tiende a cerrarse sobre sí mismo (pecho hundido, cabeza baja, ocultación de la mirada..) para protegerse y desaparecer, así mismo  la persona puede sentir niebla mental o incapacidad para hablar.

En la humillación la persona siente que recibe un ataque que considera inmerecido, cruel e injusto, que le genera un sentimiento de rabia, ira, resentimiento o deseo de venganza, activando el sistema nervioso simpático: el cuerpo se prepara para la acción con una descarga de adrenalina, un aumento del cortisol,  tensión muscular, mandíbula apretada, puños cerrados, calor en el rostro y pecho. Es una energía de empuje hacia afuera, es la respuesta de defensa ante una agresión.

El problema se plantea cuando la persona no puede defenderse. Como a menudo no podemos atacar a quien nos humilló -o defendernos de él- por ser una figura de autoridad, (por ejemplo un niño frente a sus padres o cuidadores), esa rabia se vuelve hacia dentro, transformándose en una instancia autocritica feroz. Con el tiempo ya no necesitamos un agente externo que nos humille para sentirnos mal; nosotros tomamos el relevo y esa humillación que persiste en el tiempo se transforma en vergüenza.

 Es importante trabajar estas emociones en terapia, especialmente cuando se originan en la infancia por estilos de crianza punitivos, sobreprotección continuada o comparaciones constantes, ya que pueden derivar en trastornos de ansiedad, depresión, fobia social, adicciones… en la vida adulta.

El abordaje terapéutico se  centrar en integrar estos sentimientos  dolorosos para recuperar la dignidad dañada y restaurar la autoestima.