Vergüenza

La vergüenza es una emoción aprendida en la infancia como mecanismo de protección ante el miedo al rechazo. Surge cuando el niño siente que no es aceptado emocionalmente y acaba creyendo que hay algo malo en él. Se refleja en el cuerpo mediante bloqueo, inseguridad y deseo de ocultarse, aunque también puede disfrazarse de ira o perfeccionismo. Sanarla requiere aceptación, autenticidad y relaciones seguras donde podamos mostrarnos sin miedo al juicio.

La vergüenza es un muro que construimos para que la  imagen deficiente que tenemos de nosotros mismos, por el temor  a ser rechazados, no resulte visible para los demás.   Es un sentimiento que nos susurra al oído “hay algo malo en mi y si los demás lo ven, dejarán de quererme”. Pero ese muro también nos impide sentir el cariño de los demás y perjudica nuestra autoestima.

La vergüenza no nace con nosotros, si no que es una estrategia de supervivencia que aprendimos de niños para proteger el vinculo con los cuidadores en edades muy tempranas. Cuando el niño siente  que su parte emocional suscita rechazo o indiferencia de sus cuidadores, poniendo en riesgo su vinculo con ellos, entonces sacrifica su autenticidad para salvar el apego, concluyendo:  “si no me miran con amor es porque soy defectuoso.”

La vergüenza se manifiesta en el cuerpo guardando sus huellas y  activando el sistema parasimpático dorsal: perdida de tono muscular, encogimiento físico como si quisiéramos hacernos invisibles, hombros caídos, pecho hundido, dificultad para sostener la mirada, tono de voz que se apaga cuando hablamos de nosotros mismos, enrojecimiento del rostro. Por el contrario a veces la vergüenza se disfraza de arrogancia o ira (me manifiesto superior o ataco para no mostrar mi vulnerabilidad) o perfeccionismo (si lo hago bien seré aceptado).

La curación ocurre cuando dejas de pelearte con tus defectos y los ves como unas heridas que necesitan atención, no como fallos que hay que ocultar. Al dejar de esconder lo que nos da vergüenza ésta pierde poder. La aceptación es el antídoto de la vergüenza; sanarla requiere el coraje de ser vistos tal como somos porque ser imperfectos no es un defecto, es lo que nos hace ser humanos.

La herida del rechazo que esconde la vergüenza solo se podrá curar en un entorno de seguridad y confianza donde podamos mostrar nuestra singularidad sin temor a ser juzgados y donde ésta sea bienvenida.